Homilía de Mons. Rubén Frassia - Domingo 13 de diciembre PDF Imprimir E-mail
Es cierto que se nos pide y se nos llama a la conversión, pero la conversión no son palabras simplemente, ¡la conversión tiene que concretarse en signos de conversión!, ¡en realidades! Por lo tanto:
Si yo antes le pegaba a alguien ¡no tengo que pegar más!;
Si yo antes mentía ¡no tengo que mentir más!;
Si antes era un consuetudinario egoísta ¡no debo ser egoísta;
Si antes era infiel, ¡tengo que ser fiel!;
Si antes caía en alguna corrupción o una irresponsabilidad, ¡no puedo ser corrupto y ser cristiano!
¿Por qué? Porque la conversión tiene que ser expresada en signos concretos y cada uno sabe dónde “le aprieta el zapato”. No miremos para otro lado y no miremos a otro señalándolo con el dedo, como si uno fuera el “Catón” que señala a los demás. ¡No! Y yo ¿qué cosa debo hacer?
El compromiso y la conversión del corazón expresados en signos, también nos tiene que hacer vivir la alegría. Tenemos que comunicar alegría. Sé que el mundo está complicado: la sociedad, las noticias, la violencia, la inseguridad y tantas cosas que están presentes; ¡pero tenemos que tener alegría!
¡Alegría de vivir! ¡Compartir con los demás! ¡Alegría de compartir con la familia! ¡Y alegría de pertenecer al Pueblo Santo de Dios! Esta alegría, si está presente, se comunica. Si no está presente, se transforma en una caricatura, en una mueca, en un gesto vacío. Está en la foto pero no tiene realidad.
Como en muchas otras cosas que vemos: lo importante es salir en la foto y no importa si es o no real. ¡No!, nosotros queremos ser reales y como somos reales quizá se pueda salir en la foto, o no, eso es secundario; lo más importante, lo real, no puede faltar.
¡Dios ama a aquél que da con alegría!
¡Dios da más a aquél que da con alegría!
Una realidad de hoy es que tenemos miedo a la exigencia; hoy tenemos miedo a la responsabilidad; hoy tenemos miedo a hacernos cargo de los demás. ¡Por favor, hay que desvanecer los halagos y fortalecer nuestra voluntad! La perfección, en nuestra vida humana y cristiana, es posible con la gracia de Dios.
No olvidemos que Su presencia, Su visita, nos pide a cada uno de nosotros ¡que seamos santos!, ¡un santo que vive con alegría! Y porque tiene alegría, da más.
Que nos preparemos bien para la Navidad. Que nos preparemos en serio. Si el Señor viene, no lo podemos recibir en la puerta, tenemos que dejarlo entrar en nuestra vida y en nuestro corazón.
Les dejo mi bendición en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.